CRESTA DE BERNIA, ALICANTE

Análisis de una caída en una cresta que provocó quemaduras al escalador

Tanto el Comité de Seguridad de la FEDME como el propio protagonista analizan este incidente que por fortuna se quedó en una quemadura en el cuello y una herida en la mano, pero podría haber sido más grave. Como es habitual en este tipo de accidentes, la toma de decisiones errónea desencadenó los hechos.

Caída en una cresta al realizar un destrepe, que provocó quemaduras al escalador
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En el sureste de la península ibérica, extendiéndose de este a suroeste, se encuentra la cordillera prebética, que da cobijo a la Sierra de Bernia y Ferrer, cuya altura máxima es de 1.128 msnm, y donde se localiza la Cresta de Bernia. Este conjunto montañoso pertenece a la provincia de Alicante y más concretamente a los municipios de Alcalalí, Jalón, Benisa, Calpe, Altea, Callosa de Ensarriá y Tárbena.

La Cresta de Bernia está catalogada de dificultad baja-media, pero con toda la implicación en lo que significa escalar por una arista expuesta en varios puntos que, aunque no requiere una gran fortaleza física, se debe disponer de conocimientos en encordamiento y aseguramiento en este tipo de terreno durante sus pasos más verticales. El permitir muchos escapes fáciles, así como muchos puntos entre los lugares de exposición más técnicos que permiten descanso y reagrupamientos cómodos, se utiliza mucho como zona de enseñanza en la técnica de la progresión por crestas y como itinerario guiado de moderada dificultad. Esto provoca a veces masificación de cordadas por los cuellos de botella formados en las estrechas y afiladas zonas que podemos encontrar.

CONDICIONES AMBIENTALES:

La actividad se realizó entre las 08:00h y las 15:00h de un 29 de marzo. Las condiciones ambientales eran las siguientes: estado del cielo despejado; viento del Este con velocidad entre 10 y 15 km/h; temperatura ambiente entre los 15 y 20ºC.

CARACTERÍSTICAS PERSONALES DE LOS IMPLICADOS:

En el momento del accidente, Luis tenía 56 años y Javi 47. El estado de forma de ambos se podría catalogar como bueno. El conocimiento de ambos en las maniobras y técnicas necesarias para la progresión por crestas era bajo/medio, aunque el líder del grupo había hecho la cresta en dos ocasiones anteriores y disponía de más bagaje técnico en progresión por aristas.

Como compañeros de actividad era su primera cresta, pero sí habían compartido otras actividades de montaña como senderismo, escalada en vías cortas y de varios largos, ferratas y algún descenso de barrancos.

Bernia
Bernia

Relato de los hechos por el protagonista

Después de una aproximación por un sendero entre alguna trepada sencilla, en plan de charla, risas, y sudor, por fin nos encontrábamos ya en el filo de la cresta. La zona de inicio elegido era un lugar amplio y fuera de posibles caídas para equiparnos con seguridad. Así pues, tocaba acomodar las capas de ropa ahora que el requerimiento físico iba a disminuir, colocarnos los arneses, cascos, colgarnos el material de protección, ajustarse las cordoneras y finalmente encordamos.

Mi compañero Luis, aunque había practicado la escalada de varios largos, no conocía la técnica de encordamiento para avanzar en ensamble sobre las crestas, por ello, le expliqué cómo debíamos hacerlo, así como los principios básicos de progresión, como son: avanzar manteniendo una ligera tensión; metros de cuerda necesarios según las circunstancias; cantidad de seguros entre escaladores… y algunas medidas básicas de seguridad.

A mitad de mi explicación, Luis hizo un comentario que, he de confesar, no me gustó demasiado. Me dijo, «¿Vamos a ir encordados?, yo he visto vídeos de esta cresta y la gente va sin cuerda. Apenas hay alguna trepada de III o IV». Yo le conteste, sin dudarlo, «Conmigo, vas a ir encordado, ¡ah!, y recuerda, aquí nada de lo que toques (agarres para traccionar) es bueno (firme y compacto), prueba los agarres antes de traccionar«.

Sin más discusión nos pusimos en marcha, siendo yo el encargado de ir primero. El avance era lento, a pesar de que había recorrido esa cresta en al menos otras dos ocasiones anteriores, en algunos puntos donde la cresta era amplia, seguía teniendo muchas dudas en la elección del lugar adecuado para seguir progresando por la gran cantidad de posibles pasos y caminos marcados por las pisadas de las cabras.

No llevaríamos más de dos horas, cuando llegamos a un destrepe de unos diez metros, este era algo más técnico y expuesto que los que nos habíamos encontrado hasta el momento, y conducía a un estrecho collado. Es un paso donde se cambia de vertiente, a la vez que desciende con un giro a la derecha, y llega con pasos de fácil protección y permanencia al final del largo, donde hay dos buenos seguros. Lo examiné buscando el lugar y la forma más apropiado para afrontarlo.

Decidí que Luis lo bajaría primero, mientras que yo le aseguraba desde arriba haciendo que la cuerda rozara de manera noble en el cambio de vertiente, sobre la superficie amplia de un bloque de roca romo. Agazapado en el cambio de vertiente, podía seguir con mi vista el itinerario que debía seguir hasta el colladito final de reencuentro mi compañero. Luis empezó su descenso y apenas le faltaban dos metros para llegar a la base de collado y, en una milésima de segundo, desapareció de mi vista. La cuerda empezó a deslizar sobre mis manos e instintivamente reaccioné cerrando las manos con fuerza y apretando la cuerda sobre la roca, hasta que dejó de deslizar.

Como no podía moverme, ya que notaba su peso sujetado por mis manos, le grité: «Luis, ¿estás bien?» . No hubo respuesta, me asusté y volví a preguntar, pero a mayor volumen. «¡Luis!, ¿estás bien?«. La respuesta seguía sin producirse. Volví a gritar con fuerza su nombre. ¡Luis!.

Si en aquel momento me hubieran hecho una foto, mi cara debía de ser todo un poema. Estaba aterrado, no podía haber caído muchos metros y notaba que estaba sostenido por la cuerda al otro lado. En la dirección que cayó Luis al menos había ochenta metros verticales. Pero no me contestaba y yo no podía moverme para asomarme. No notaba ningún signo de movimiento sobre la cuerda y solo veía un extremo que se perdía hacia el abismo. Por fin una voz procedente de la vertical me contestó «Estoy bien tío«, y una mano apareció por detrás de las rocas, seguida poco después del resto de mi amigo. Yo empecé a recoger cuerda para asegurar su ascenso, se incorporó sobre la cresta y pudo llegar al colladito de encuentro más adelante.

Como lo vi atolondrado, porque, aunque la caída no fue grande, el hecho de quedarse colgando, aunque sean tres metros en un abismo vertical de unos ochenta metros en una arista no deja indiferente, le dije que se asegurara en el colladito. Por mi parte, autoasegurándome, ya que lo veía algo nervioso para hacer la operación de montar reunión y asegurarme como segundo de cordada, descendí y para reunirme con él en el colladito.

Ya más tranquilos le pregunte: «¡Tío!, ¿qué te ha pasado?». «No lo sé, creo que se ha desprendido el agarre que tenía cogido». «Pero,¿estás bien?». «Sí, no te preocupes», me contestó un poco asustado.

Llevábamos un pequeño botiquín, así que curamos en la medida de lo posible las heridas producidas en su cuello, al tensarse la cuerda, y en mano izquierda. Nada grave para lo que podía haber pasado.

No pude acallar mi lado sarcástico y le dije «Qué, ¿nos desencordamos en lo que queda de cresta?» No hubo respuesta, pero sí una mirada de comprensión.

Terminamos la actividad sin más contratiempos, y cayeron las correspondientes cervezas y bocadillos en el pueblo, aderezados con la moviola de lo ocurrido.

Reflexiones sobre el incidente por parte de uno de los involucrados en la acción:

Este incidente tal vez ha sido el más grave que he sufrido en la montaña hasta ahora, por lo que ha provocado en mí alguna que otra reflexión: ¿Qué errores se cometieron esa mañana?… El error que yo he conseguido identificar está relacionado con el nivel de conocimiento del terreno al que nos enfrentábamos. Yo tenía poca experiencia cresteando y Luis era “su primera vez”. Yo conocía, medianamente bien, la precariedad de la roca en esos ambientes, se lo había intentado transmitir a Luis con algún comentario, pero el concepto de precariedad es muy subjetivo y difícil de interpretar si no se tiene suficientemente experiencia.

En el destrepe, Luis fue agarrándose a las presas que estaban a su alcance, sin discriminar en exceso su calidad (no recuerdo que las golpeara buscando escuchar su resonancia, o traccionara de ellas con cuidado para comprobar su firmeza, y yo tampoco le indiqué que lo hiciera), ni la cantidad de fuerza que sobre ellas se podía ejercer. Una de esas presas falló y este hecho llevó asociado el desequilibrio y la caída.

Unos días más tarde, analizando la caída, sacamos la conclusión de que el roce en el cuello se debió a que la cuerda la llevaba por la parte de la caída (entre el cuerpo y la zona de caída), y no entre la pared y el cuerpo. Esto provocó que al caer tuviera una ligera rotación que, al tensar le cuerda, junto con el péndulo por tratarse de una travesía, le rozó por el cuello en el último momento de la caída. La herida del dedo fue debida a saltarle el trozo de roca que utilizaba como presa.

Análisis causal del accidente por parte del Comité de Seguridad de la FEDME:

Todos tenemos una primera vez, pero si es con un compañero tan disciplinado y riguroso como tuvo Luis, mejor que mejor, ya que el desliz se puede quedar en un susto. La verdad es que no podemos conocer realmente lo que significa escalar en diferentes tipos de rocas, zonas de difícil acceso, escenarios de viento o frío, con buenos seguros o precarios… por mucho que nos lo cuenten. Simplemente, hay que vivirlo para poder interpretar bajo un criterio adecuado. Esto nos puede llevar a infravalorar la actividad, como fue este caso, o a sobrevalorarla. La falta de conocimientos sobre el terreno y la actividad nos lleva a no valorar adecuadamente los riesgos.

El novato, debido a sus pocas vivencias en escalada y en diferentes tipos de terrenos, tiende a simplificar las cosas en sus valoraciones de la actividad, comparándola con su única experiencia previa más parecida a lo que va a hacer como es, en este caso, haber escalado sobre zonas verticales con buenos seguros. En un estado mental de ignorancia inconsciente la percepción del riesgo se ve alterada, en este caso disminuye. No es una cuestión de falta de conocimientos teóricos o desarrollo de falta condición física/técnica motriz, ya que el deportista es capaz de resolver el problema de dificultad del grado de escalada, hasta de entender la lógica de las técnicas de aseguramiento en ensamble, pero no de interpretar el riesgo de un entorno de escalada como es el de una cresta. Se trata de falta de patrones mentales de respuesta y análisis a estímulos táctiles ante el terreno, falta capacidad en discernir la idoneidad de lo que se utiliza de agarres en terreno no consolidado.

Además, se da el hecho que el incidente de la rotura del agarre se produce ante un paso expuesto. Esto no es causalidad (azar, mala suerte), como pueda parecer, sino más bien es causalidad por las circunstancias que envuelven este momento. Se trata de un lugar donde el proceso cognitivo de un inexperto ya tiene bastante con afrontar el vértigo del vacío como para ponerse a elegir presas buenas o malas. La ansiedad deja poco al pensamiento racional y reduce su atención a buscar agarres indiscriminadamente para reducir las posibilidades de caída. Y en una cresta, no es oro todo lo que reluce. Es demoledora la frase que dice el narrador de los hechos cuando dice, “En el destrepe, Luis fue agarrándose a las presas que estaban a su alcance, sin discriminar en exceso su calidad (no recuerdo que las golpeara buscando escuchar su resonancia, o traccionara de ellas con cuidado para comprobar su firmeza, y yo tampoco le indiqué que lo hiciera)…”, era un paso expuesto y hasta el asegurador estaba tenso ante una posible caída y no era capaz de corregir los errores del compañeros en su elección de agarres, por no distraerle seguramente.

Es curioso el comentario del Luis cuando iban a encordarse, cuando dice: “¿Pero de verdad vamos a ir encordados? si es una vía tan fácil”, él sabía que los pasos no son más que de IIIº y IVº en lugares aislados, con un V aislado en un único paso. Él domina ese grado, hace sin problemas el VIº en vías deportivas bien equipadas, pero una cresta es otra cosa. Y piensa (analiza) con los limitados patrones o criterios de evaluación de la dificultad que son los que tiene cuando elige la vía de escalada normalmente. El compañero, que ya había hecho la cresta dos veces le dice tajantemente que van a ir encordados todo el tiempo, este estaba en estado de ignorancia consciente de haber pasado y vivido este tipo de terrenos alguna otra vez.

La práctica docente nos dice que el escalador, cuando se inicia, primero centra su atención en ser capaz de mantener un nivel básico de seguridad, basado en el control de las técnicas de aseguramiento, y luego se centra en el dominio motriz de la escalada. Normalmente su finalidad es ser buen escalador, algo que simplifica en superar un grado de dificultad. Estos primerizos no suelen ver más allá de esto. El escalador novato piensa que ser autónomo y progresar en la escalada se reduce a la superación progresiva del grado de la vía. Cuando la realidad es que progresar en el deporte de la escalada, sobre todo si vamos más allá de las vías de un largo, es algo más complejo que un número de nivelación, este no es más que un factor más.

El líder y narrador, aunque no era un gran experto en progresión por crestas, ya había probado la peculiaridad de este terreno, zonas de traicionera roca laberíntica llenas de peligros ocultos.

El estado de embriaguez que supone el dominio del grado de escalada como indicador único, empodera y crea valientes a ciertos, llevándolos a meterse en rutas de envergadura en terrenos desconocidos de montaña, simplemente porque a lado de casa, ya tienen el grado de escalada o el desnivel-longitud de los itinerarios superados con soltura; es lo que se llama falta de conciencia situacional. No conocer y tener vivencias de los diferentes terrenos, situaciones atmosféricas adversas y autonomía en las técnicas de aseguramiento o de orientación en montaña, nos provoca infravalorar la actividad y valorar el riesgo inadecuadamente.

Si analizamos el accidente, sobre el fallo en la técnica de aseguramiento, la falta de conocimiento y automatismos no le hizo ver que llevaba la cuerda de aseguramiento por fuera del cuerpo y que esto era inadecuado porque en una cresta las caídas no suelen ser limpias verticales, sino con posibles péndulos, lo que cualquier colocación inadecuada de la cuerda puede hacer aún más aparatosa la caída. En este caso, fue potenciador del roce en el cuello por el volteo en medio de una caída con péndulo.

La herida en el dedo lo produce un trozo de roca que servía de agarre y sobresalía, cuando al cogerlo con fuerza en su rotura le provoca una herida incisiva.

Es muy de novato, no “probar” y mirar más allá del agarre antes de cogerlo o traccionar en zonas rocosas tan inestables como son las crestas. Este terreno es el más venteado, frio y deteriorado, lleno de bloques y rocas sueltas donde hay que mirar antes de tirar sino te quieres pegar un susto.

Evidentemente, la caída es parte de la escalada. Y no queremos dar a entender que todos los que sufren caídas en vías de escalada de un largo, varios largos o en crestas, es que lo han hecho mal. En este caso, el escalador está vivo porque dispone de lo esencial, un sistema de aseguramiento efectivo ante posibles caídas. Pero sí que este incidente debe servir para darnos cuenta de cómo nuestra forma de pensar, según nuestra experiencia o ignorancia, nos lleva a tomar decisiones erróneas. Debemos huir de la falta de conciencia situacional cuando cambiemos de terrenos y actividades.

Recomendaciones del Comité de Seguridad

Es importante empezar en la montaña con personas capaces de asesorarnos y mentorizarnos sobre las pautas de comportamiento en las diferentes actividades y terrenos de práctica, ya que en nuestros inicios no somos capaces de distinguir correctamente los riesgos y dificultades de las actividades.

No debemos caer en la falta de conciencia situacional, cuando cambiamos de zona, de terreno, de macizo, de país… nuestros patrones de toma de decisiones deben adaptarse. Aunque nos es todo un volver a empezar, sí que debemos ser conservadores hasta adaptarnos al nuevo escenario para tener una valoración correcta.

Agradecimiento:

Nuestro más sincero agradecimiento a nuestros protagonistas por su exhaustivo, riguroso y completo análisis de los hechos. Igualmente, gracias por las recomendaciones sugeridas. Con toda seguridad estas aportaciones evitarán que hechos similares vuelvan a producirse en el futuro.

Pon Atención:

Esto es el análisis de un caso que te puede ayudar a ver defectos en tu toma de decisiones, en ésta y otras actividades de montaña. Nadie está libre de accidentes por muy experto que sea, pero igualmente todos somos libres de tomar decisiones más seguras.

– Comité Seguridad FEDME

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